La Sinceridad

El Período Sensitivo de la sinceridad se vive de forma especialmente intensa entre los tres y los seis años. Por Instinto Guía los niños saben que las personas deben decir la verdad sin necesidad de haber recibido instrucciones especiales sobre la sinceridad.

En estos años, viven la sinceridad como una inclinación y, desde los primeros momentos, distinguen entre verdad y mentira; saben que la mentira es algo que no debe decirse. Al llegar al uso de razón comenzarán a comprender el valor moral de la verdad y serán capaces de esforzarse por vivirla, aunque a veces les cueste. Durante la etapa infantil, el motivo fundamental para ser sincero es que sus padres y profesoras le quieren, les ayudan y no les juzgan.

Podemos fomentar el hábito de la sinceridad estimulando a los niños para que cuenten cosas de su vida diaria, por ejemplo, en las tertulias familiares o en las reuniones de gran grupo o de pequeños grupos en el aula infantil. Si no hay comunicación, no podremos orientarles.

Los niños de tres años suelen tener una gran sensibilidad a ser engañados y una gran facilidad para captar la calidad de la sinceridad de sus educadores. En este campo, como en todos, el ejemplo de los padres y profesoras juega un papel fundamental y tanto pueden aprender a amar la verdad como a ser unos excelentes mentirosos.

De hecho, no es infrecuente que preocupen a los padres las mentiras de sus hijos. El niño tiene necesidad de llenar un vacío interior y para ello acude a la fabulación -distinta de la imaginación infantil, que no debe confundirse con la mentira- , a distorsionar la realidad a su gusto defendiéndose momentáneamente de un apuro por miedo a sus padres o exagerando lo que tiene de cara a sus compañeros. El niño busca admiración en los demás. Ante este problema, conviene depositar en ellos confianza, aunque tengamos datos para demostrar que mienten.

Conviene que los padres y profesoras eviten que el niño adquiera esta actitud retirándole la oportunidad para mentir y no dramatizando. En este sentido, es importante conocer la razón por la que un niño miente.

Falsear la verdad por fantasía es muy normal entre tres y cinco años y no debe considerarse una mentira. Ellos creen en la fantasía como algo real y la expresan así, sin llamarlo mentira. Sin embargo, resulta conveniente que vayan diferenciando el campo de lo real y lo imaginario. Ya pasará esa etapa. Además, en estas edades interesa desarrollar la imaginación, pero haciendo constar continuamente la diferencia entre lo real y lo imaginado.

La mentira por defensa es muy peligrosa y debe atajarse con firmeza porque es fácil que acabe por convertirse en hábito. Por ejemplo, un niño que rompe algo y acusa de haberlo roto a alguien que no está en casa o en clase. Habrá que mostrarle que no ha ocurrido así. No se trata de poner al descubierto la falsedad con razonamientos, sino de hacerle ver que no ha sido así y que no vamos a juzgarle o castigarle por haberlo roto.

La edad de tres-cuatro años coincide con el primer descubrimiento del yo, y la mentira puede ser a causa de llevar la contraria a los demás por el simple hecho de autoafirmarse.

Cuando los padres y educadores analizan las causas que han provocado la mentira, están en mejores condiciones de razonar con ellos y corregirles.

En cualquier caso, es muy importante saber que la virtud de la sinceridad es básica en la adolescencia y, por ello, deben vivirla desde pequeños y conocer su valor.

En general, al corregirles, no debe llamarse mentirosos a los hijos. En realidad, no son mentirosos, ni desean la mentira. Lo que ha sucedido es que han dicho una mentira. En este caso, resulta negativa la mentira pero no ellos. Es la forma de motivarles positivamente hacia el bien y ayudarles a luchar -para ser lo que ellos saben realmente que son: sinceros. La mentira fue un accidente que pasó y que no quieren repetir.

Ante este u otros problemas, lo más importante es la persona que lo sufre: se debe reflexionar fundamentalmente en quién lo ha hecho y por qué. Es sumamente importante el dialogo frecuente de los padres con la preceptora para buscar una

actuación común, solicitando la ayuda de un especialista si es necesario.

 
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